4 Diciembre 2009
1 Diciembre 2009
1 Diciembre 2009
11 Noviembre 2009
[ http://piratasdeaxel.wordpress.com/2009/11/11/die-mauer-el-muro-2 ]
Me había acostado con ella la noche anterior. Era alta, vestía unos vaqueros que insinuaban un culo perfecto, y no llevaba pendientes. También llevaba una camiseta ajustada, un poco descolorida, que apenas lograba contener unos pechos contundentes. Y unas botas marrones de ante, sin tacones. Era rubia. Y era guapa, muy guapa. Era una preciosa rareza de aquel Berlín oriental de hormigón, decrépito y maravillosamente humano.
Yo tenía veintiocho años, y había abandonado la bobalicona placidez del Technisches Institut de Freiburg para realizar mi doctorado en la prestigiosa facultad de Magisterio de la Universidad Popular de Lichtenberg, en la parte este de Berlín, al otro lado del telón. Llevaba ya dos años a este lado del mundo, y me sentía fascinado por todo lo que me rodeaba. Vivía en una ciudad aparentemente hermética y gris, pero tras la frialdad de las grandes avenidas y los mastodónticos edificios de cemento, tras el humo ácido de los Trabant y los frecuentes apagones, tras las largas colas y las surrealistas decisiones del Politburó, descubrí una ciudad viva y llena de matices, con una actividad humana a veces invisible pero latente y en silenciosa ebullición. Berlín era la carencia y la posibilidad, el alambre y la conversación, la bota y el carmín.
Y aquella noche Berlín era, sobre todas las cosas, ella. Habíamos ido unos cuantos amigos al U-Boot, en la Hochbauer Strasse, un antro nocturno medio clandestino con poca luz, música en directo de grupos locales y demasiado vodka. Demasiado de todo, en realidad. En aquellos oasis ocultos redimíamos los pecados de una sociedad de ropa usada y olores agrios, atascada consigo misma y con una patológica falta de oxígeno. Llenábamos esos garitos de conversaciones y alcohol, música punk en inglés, arte espontáneo y delirios hormonales. Allí nos juntábamos profesores, estudiantes, escritores, periodistas, editores, ingenieros, médicos, obreros, y lubricábamos con vino amargo y ginebra nuestros anhelos y esperanzas frustradas.
Aquella noche Otto trajo a un grupo de amigos de la facultad. Una chica emergió de las entrañas del local, se acercó a pedirme fuego, y gracias al cielo en aquella época yo fumaba. Le ofrecí cerillas y le invité a algo. Aceptó. No sé cómo empezamos a hablar sobre el cuarenta aniversario de la DDR y la cómica decisión gubernamental de prohibir la exhibición de cualquier flor que no fuese roja o amarilla en balcones y jardines. Posteriormente la conversación derivó en un encendido debate sobre las tendencias musicales del momento, evolucionó hacia conceptos cada vez más oblicuos y difusos, las frases se fueron haciendo más pastosas a medida que avanzaba la noche y vaciábamos vasos. Ella estudiaba Bellas Artes en la Badenau Fachhochschule y era hija de padre polaco y madre alemana. Había vivido en Leipzig y Dresden, y se trasladó a Berlin cuando la fábrica donde trabajaba su padre cerró y le reubicaron en el complejo fabril de Postdam. Ella trabajaba a media jornada en la biblioteca social del sector de Pankow, al norte de Lichtenberg.
La noche se hizo sólida, el humo nos rodeaba y ya no sentíamos a nadie alrededor. La música y la conversación y el alcohol lo llenaban todo, yo me fijaba en sus ojos y me sumergía en ellos y terminaba desapareciendo en sus pupilas. Sentía el volumen de sus pechos cerca de mis brazos, sus labios bailaban cuando ella reía y también cuando se quedaba como callada con una media sonrisa. Fuimos a mi casa. Seguimos hablando y tocándonos y besándonos transportados por una lengua etílica y húmeda. Hicimos el amor. Follamos. Hablamos. Bebimos. Fumamos. Hablamos. Follamos otra vez. La noche no acababa nunca. Ella era la noche, hermosa e infinita.
Cuando desperté, por la mañana, ella no estaba. Me había dejado una nota: "Nos vemos esta tarde frente al control de la Bornholmerstrasse. Si quieres". Claro que quería. La boca todavía me sabía a ella. El cuerpo me olía a ella. Quería volver a verla, saber más de ella, volverme a emborrachar con ella.
Me metí un libro en el bolsillo de la chaqueta y estuve deambulando por la ciudad sin más intención que olvidar el paso lento de las horas, y esperar que se echase la tarde para acudir al lugar que ella había sugerido. Tomé un par de cafés, compré tabaco. Llegué pronto a la estación junto al control, me senté en un bordillo y leí un rato. De vez en cuando me encendía un cigarrillo, y miraba alrededor buscándola. Poco a poco el lugar se fue llenando de gente. Primero despacio, luego a grupos cada vez más numerosos. Se empezaron a agolpar primero decenas y luego cientos de personas frente al control custodiado por un par de patrullas de la Grenzepolizei. Tuve que levantarme y apoyarme en una columna de la estación para tener una buena perspectiva de la situación. No sabía qué estaba pasando, no entendía a qué se debía aquella muchedumbre. Siguió acudiendo gente, aquello era ya una aglomeración. De repente ocurrió algo, observé movimiento entre las patrullas que custodiaban el control. Uno de ellos dio una orden, y la barrera se abrió. En ese momento la gente empezó a cruzar al otro lado y, con la respiración contenida, la mirada perdida en la multitud que se empujaba para abrirse paso, comprendí que no la iba a volver a ver.
18 Octubre 2009
Pum pum pum. Llaman a la puerta. ¿Quién será? Qué extraño que llamen, que venga alguien a verme. Hace semanas que no viene nadie. Tal vez meses. Vivo en esta casa en medio del campo, no es normal que alguien se acerque. No vivo en uno de esos pueblos pequeños y apretados como una almendra, tampoco en uno de esos más porosos con calles más grandes gobernadas por el viento. Vivo, como he dicho, en el campo, en medio del campo, en el centro geográfico exacto de ningún sitio. En una casa de dos plantas, un pequeño terreno circundante, y más allá, bosques y dehesas. Y el camino que la conecta con el mundo real, como un cordón umbilical. Por eso cierro el libro que estoy leyendo y, extrañado, pienso quién puede venir hoy a verme.
La última persona que me visitó fue un antiguo profesor de filosofía de los tiempos de instituto. Le había escrito yo una larga carta en la que resumía mi vida y mi obra y en la que le pedía su opinión acerca de diversas conjeturas que he ido elaborando a partir de grandes y pequeños interrogantes de toda índole que me han venido asaltando a lo largo de todos estos años. Había conseguido su dirección postal de una forma no demasiado fiable, por lo que no albergaba grandes esperanzas en que la comunicación epistolar se completase con éxito. Así, cuando aquel ceñudo hombre, ya envejecido, apareció en la puerta de mi casa, con una mueca de suficiencia parecida a una sonrisa, mi sorpresa fue mayúscula. Pasamos una tarde muy agradable, hablamos largamente y de los temas más diversos, y hubiese deseado que se quedase a dormir en mi casa para poder continuar con la interesantísima charla al día siguiente o durante los días que él quisiese, pero según me contó tenía prisa porque tenía una hija ingresada en el hospital de Villamayor, y quería visitarla y pasar la noche con ella.
El profesor es la última persona con la que he hablado. Ahora no espero ninguna visita. Tal vez sea él.
Como ya comenté en alguna ocasión, acostumbro a leer el Quijote cuando me siento a hacer de vientre. Guardo el libro en el pequeño armario junto al retrete, de forma que lo cojo y lo abro al azar por cualquier página siempre que me siento a depositar. Descubro pinceladas de la obra, muy breves pasajes. Si emplease mayores esfuerzos y tiempo en evacuar, podría ir recorriendo el volumen cervantino de forma más completa y sistemática. Pero como es sabido soy de vientre fácil, de rápida consumación, por lo que apenas me da tiempo para leer una pequeña porción de algún diálogo o alguna breve descripción de algún lugar o personaje.
Y en estas actividades me encontraba arremangado cuando ha sonado el timbre de la puerta.
R.
15 Octubre 2009
Cuatro horas sin novedades. Desde que llegó el último mensaje del puesto de mando. Desde que se oyeron los últimos disparos aislados. Quietud entre los soldados, en la trinchera, sentados, apoyados en el talud de tierra. Humedad y cigarros. Silencio. Ya no se escucha al herido que gemía a unos metros a medio camino entre el refugio y lo desconocido. Hace rato que ha muerto. O ha decidido agonizar en silencio.
Enciendo un cigarro, aspiro profundamente. Me incorporo un poco y ando entre las piernas y los fusiles. Ojos que no miran a nadie y no ven nada. Caras ausentes. Un temblor lejano. Fumo lento y profundo, me asomo un poco y veo niebla. No sé cuánto tiempo llevamos aquí, no sé cuánto tiempo más de espera nos queda, no sé cuándo nos podremos marchar. La espera es como la muerte, porque mueres, ya estás bajo tierra, ya no distingues si has caído en la última andanada o si llegarás a la siguiente.
Empieza a llover. Se desliza el agua por el terraplén y noto el frío por los agujeros de las botas.
Creo que empiezo a hacerme invisible, a caminar un palmo por encima del suelo. Creo que ya todo me empieza a dejar de importar, el hambre, el frío, las llagas. Creo que prefiero saber qué hay detrás de la niebla que quedarme aquí esperando en el barro. Así que me abrocho el abrigo, apuro la colilla y trepo el muro.
Ahora estoy de pie, en medio del campo, con la niebla rodeándome por todas partes. Agarro fuerte el fusil, respiro profundamente, y echo a andar.
R.
14 Octubre 2009
Antes de empezar a leer la prensa del día _por Internet_ y de que se me empiece a empastar el cerebro, voy a intentar escribir algo. A medida que pasan las horas, la masa encefálica se me va solidificando, a base de tanta pantalla, así que tengo que aprovechar la primera parte de la mañana, cuando todavía tengo algo de frescura en la mente.
Resulta que he leído que un antiguo compañero de universidad está en Alemania, y al parecer allí hace ya bastante frío. Rozando los cero grados, dice. Aquí no. Aquí el cielo sigue azul y parece primavera.
He estado en una zona de una provincia que no conocía. Un sitio con montes y bosques y muchos árboles replantados. Y pocos pueblos, poco de todo. Una joya olvidada en el mapa para perderse y no pensar en nada. Lo malo es que algunos pueblos de por allí tienen casas con fachadas de hormigón sin pintar, o de ladrillo, y eso afea la postal.
Si por una plaza bonita y limpia pasan mil personas que no la ensucian, la plaza sigue bonita y las mil personas la disfrutan. Si pasa una sola persona que ensucia la plaza, que tira basura al suelo y la degrada, las siguientes mil personas que pasen por la plaza la verán más fea y sucia. La capacidad de un individuo de estropear el bien común es inversamente proporcional a la proporción de individuos cerdos que hacen falta para estropear un lugar bello.
Y es que bastantes rincones estratégicos _por bellos_ de esa zona de esa provincia que no conocía están plagados de basura y escombros. Somos unos puercos domingueros incivilizados.
Estos días he pensado en muchas cosas como la Revolución del Cariño de la que habla mi padre. Pero eso es tema para otro día.
Hacía mucho tiempo que no veía películas. Ayer vi dos. En una de ellas un hombre se suicida para donarle el corazón a una chica con un problema cardiaco de la que se ha enamorado.
He terminado de leer la historia de la metamorfosis de Gregor Samsa.
Ah, también he cantado mucho esta canción, estos días:
No podré contar
qué ocurrió ayer,
fue hace tanto tiempo
que el sol se ha vuelto a poner.
Embobado, insomne,
acaricio la piedra que encontré.
Todos duermen pero ella,
con el ruido, no la pudo ver.
Con vivos, muertos, brindando juntos
por un año más, un año menos
que dolerse de esta herida y de esta luz.
Ella llegó tarde, no vio a nadie,
fue directa a dormir.
En vez de su piedra
encontró una fiesta en su salón.
Con vivos, muertos, brindando juntos
por un año más, un año menos
que dolerse de esta herida y de esta luz.
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Y quiero acercarme al sitio de siempre a comprarme el último libro de Alberto Olmos.
G.
13 Octubre 2009
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