Comenta Ortega que hay dos formas principales de amar: la de Stendhal, que es volcarse en el amor sin ser nunca amado, y la de Chateaubriand, que es hacer caso omiso al amor enamorando involuntariamente a los demás de uno.

Y hoy, que he estado patinando en un sitio con muchos tipos de nubes y una única puesta de sol, he pensado que la única diferencia entre existir y no existir _entre ser y no ser, en términos hamletianos_ es la capacidad de sentir o provocar amor. Según Ortega, amar se diferencia de pensar o sentir en que es un acto continuo (no puntual ni instantáneo) y dinámico o activo (no se padece, se hace). Es un flujo constante que emana en dirección centrífuga hacia lo amado.

Bien, hay muchas ideas y entelequias capaces de despertar ansias y pasiones, supuestos amores y odios. Pero ningún concepto ni entidad no existente es capaz de mojarse con ese flujo, de sumergirse hasta la cintura.

Cabe la posibilidad de que nada de lo que pienso tenga demasiado sentido. La mayor parte del tiempo vivo inmerso en la obviedad.

Podría empezar por lo más próximo. Certificar la presencia de lo físico, lo tangible. Hay una mesa y cuatro sillas de madera, dos lámparas y un sofá. Todo rodeado de algunas paredes y una ciudad de ladrillo ahí fuera.

Un poco más allá hay campos y al fondo las montañas. Esas montañas están ahí por la mañana, cuando paso frente a ellas y las veo desde el tren. Desaparecen durante el resto del día, para volver a hacerse presentes al final de la tarde. Es una sierra, digamos, intermitente. Hay otras muchas cosas intermitentes alrededor. La habitación, en verano, es a ratos verde, a ratos roja. Es un semáforo.

Una vez asentados los elementos más evidentes, distingo una esfera más volátil, compuesta de personas. Algunas están de paso, no pretendo entenderlas y espero que ellas a mí tampoco. Me dicen poco. Otras personas, sin embargo, me lo dicen todo. Son mi vocabulario, más aún, mi gramática. Son personas que escriben los libros que leo. La gente piensa que los libros los escriben escritores famosos y conocidos. Pero no. La enciclopedia de cada día la escriben personas con cuyos apellidos, sin darte cuenta, acabas relacionado.

Si no tuviésemos nombres y sólo tuviésemos apellidos, viviríamos un poco más en el pasado. Nos identificaríamos con una generación anterior, nuestro nombre (realmente, nuestro apellido) sería el que arrastrásemos de nuestro padre. La idea de tener un nombre particular es un intento de vivir un poco más en el presente. Un intento fallido, diría.

El caso es que al final me encuentro con otras esferas concéntricas, otros ámbitos aún más etéreos, de más difusa naturaleza. Son las relaciones, los vínculos, las voluntades, los propósitos, los planes. Las estrategias. Los deseos.

De esta forma, dibujando una cosmología de la obviedad, parece que puedo escapar de ella.

Pero no esta noche.

G.