jueves
Tengo mucho sueño. Sueño acumulado. Sueño en estratos. Sueño que no me deja pensar. Escribo y me confundo de teclas. Tengo que borrar y volver a escribir.
He bajado las persianas cuando he llegado. Lo he hecho metódicamente, como el policía que repasa con cautela un cadáver en la escena del crimen. He estado haciendo... nada. Ahora no sé si fregar, ducharme o dormir. Tal vez haga las 3 cosas, en ese orden a ser posible.
He estado en la calle Alcalá esquina Los Urquiza. Me ha costado encontrar lo que buscaba, y por eso he recorrido varias veces las mismas aceras, las mismas manzanas. Mil doscientos millones de coches, mil doscientos millones de tubos de escape. Humo, olor a hormigón y chicle pegado en la baldosa sucia. Gente fumando. Caras infames pasando. El grito de Munch.
Ahora, antes de fregar, ducharme o dormir, o las tres cosas, me pregunto qué pasaría si las empresas _ y por ende la vida boba que vivimos_ las dirigieran personas desde pueblos pequeños con unas pocas decenas de tubos de escape, alejados de las grandes urbes, dispersos por la geografía como una malla de directivos distribuidos.
Me pregunto si los ejecutivos de esta globalización rural imaginaría tendrían la misma cara yerma, las mismas ambiciones obscenas y la misma presencia ostentosa y grotesca que los gurús de la estulticia colectiva con coche de gama alta que infectan esta ciudad.
G.
