La Coctelera

el relente

momentos

14 Octubre 2009

diario

Antes de empezar a leer la prensa del día _por Internet_ y de que se me empiece a empastar el cerebro, voy a intentar escribir algo. A medida que pasan las horas, la masa encefálica se me va solidificando, a base de tanta pantalla, así que tengo que aprovechar la primera parte de la mañana, cuando todavía tengo algo de frescura en la mente.

Resulta que he leído que un antiguo compañero de universidad está en Alemania, y al parecer allí hace ya bastante frío. Rozando los cero grados, dice. Aquí no. Aquí el cielo sigue azul y parece primavera.

He estado en una zona de una provincia que no conocía. Un sitio con montes y bosques y muchos árboles replantados. Y pocos pueblos, poco de todo. Una joya olvidada en el mapa para perderse y no pensar en nada. Lo malo es que algunos pueblos de por allí tienen casas con fachadas de hormigón sin pintar, o de ladrillo, y eso afea la postal.

Si por una plaza bonita y limpia pasan mil personas que no la ensucian, la plaza sigue bonita y las mil personas la disfrutan. Si pasa una sola persona que ensucia la plaza, que tira basura al suelo y la degrada, las siguientes mil personas que pasen por la plaza la verán más fea y sucia. La capacidad de un individuo de estropear el bien común es inversamente proporcional a la proporción de individuos cerdos que hacen falta para estropear un lugar bello.

Y es que bastantes rincones estratégicos _por bellos_ de esa zona de esa provincia que no conocía están plagados de basura y escombros. Somos unos puercos domingueros incivilizados.

Estos días he pensado en muchas cosas como la Revolución del Cariño de la que habla mi padre. Pero eso es tema para otro día.

Hacía mucho tiempo que no veía películas. Ayer vi dos. En una de ellas un hombre se suicida para donarle el corazón a una chica con un problema cardiaco de la que se ha enamorado.

He terminado de leer la historia de la metamorfosis de Gregor Samsa.

Ah, también he cantado mucho esta canción, estos días:

No podré contar
qué ocurrió ayer,
fue hace tanto tiempo
que el sol se ha vuelto a poner.

Embobado, insomne,
acaricio la piedra que encontré.
Todos duermen pero ella,
con el ruido, no la pudo ver.

Con vivos, muertos, brindando juntos
por un año más, un año menos
que dolerse de esta herida y de esta luz.

Ella llegó tarde, no vio a nadie,
fue directa a dormir.
En vez de su piedra
encontró una fiesta en su salón.

Con vivos, muertos, brindando juntos
por un año más, un año menos
que dolerse de esta herida y de esta luz.

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Y quiero acercarme al sitio de siempre a comprarme el último libro de Alberto Olmos.

G.

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