visita
Pum pum pum. Llaman a la puerta. ¿Quién será? Qué extraño que llamen, que venga alguien a verme. Hace semanas que no viene nadie. Tal vez meses. Vivo en esta casa en medio del campo, no es normal que alguien se acerque. No vivo en uno de esos pueblos pequeños y apretados como una almendra, tampoco en uno de esos más porosos con calles más grandes gobernadas por el viento. Vivo, como he dicho, en el campo, en medio del campo, en el centro geográfico exacto de ningún sitio. En una casa de dos plantas, un pequeño terreno circundante, y más allá, bosques y dehesas. Y el camino que la conecta con el mundo real, como un cordón umbilical. Por eso cierro el libro que estoy leyendo y, extrañado, pienso quién puede venir hoy a verme.
La última persona que me visitó fue un antiguo profesor de filosofía de los tiempos de instituto. Le había escrito yo una larga carta en la que resumía mi vida y mi obra y en la que le pedía su opinión acerca de diversas conjeturas que he ido elaborando a partir de grandes y pequeños interrogantes de toda índole que me han venido asaltando a lo largo de todos estos años. Había conseguido su dirección postal de una forma no demasiado fiable, por lo que no albergaba grandes esperanzas en que la comunicación epistolar se completase con éxito. Así, cuando aquel ceñudo hombre, ya envejecido, apareció en la puerta de mi casa, con una mueca de suficiencia parecida a una sonrisa, mi sorpresa fue mayúscula. Pasamos una tarde muy agradable, hablamos largamente y de los temas más diversos, y hubiese deseado que se quedase a dormir en mi casa para poder continuar con la interesantísima charla al día siguiente o durante los días que él quisiese, pero según me contó tenía prisa porque tenía una hija ingresada en el hospital de Villamayor, y quería visitarla y pasar la noche con ella.
El profesor es la última persona con la que he hablado. Ahora no espero ninguna visita. Tal vez sea él.
Como ya comenté en alguna ocasión, acostumbro a leer el Quijote cuando me siento a hacer de vientre. Guardo el libro en el pequeño armario junto al retrete, de forma que lo cojo y lo abro al azar por cualquier página siempre que me siento a depositar. Descubro pinceladas de la obra, muy breves pasajes. Si emplease mayores esfuerzos y tiempo en evacuar, podría ir recorriendo el volumen cervantino de forma más completa y sistemática. Pero como es sabido soy de vientre fácil, de rápida consumación, por lo que apenas me da tiempo para leer una pequeña porción de algún diálogo o alguna breve descripción de algún lugar o personaje.
Y en estas actividades me encontraba arremangado cuando ha sonado el timbre de la puerta.
R.
