Die Mauer (el muro)
[ http://piratasdeaxel.wordpress.com/2009/11/11/die-mauer-el-muro-2 ]
Me había acostado con ella la noche anterior. Era alta, vestía unos vaqueros que insinuaban un culo perfecto, y no llevaba pendientes. También llevaba una camiseta ajustada, un poco descolorida, que apenas lograba contener unos pechos contundentes. Y unas botas marrones de ante, sin tacones. Era rubia. Y era guapa, muy guapa. Era una preciosa rareza de aquel Berlín oriental de hormigón, decrépito y maravillosamente humano.
Yo tenía veintiocho años, y había abandonado la bobalicona placidez del Technisches Institut de Freiburg para realizar mi doctorado en la prestigiosa facultad de Magisterio de la Universidad Popular de Lichtenberg, en la parte este de Berlín, al otro lado del telón. Llevaba ya dos años a este lado del mundo, y me sentía fascinado por todo lo que me rodeaba. Vivía en una ciudad aparentemente hermética y gris, pero tras la frialdad de las grandes avenidas y los mastodónticos edificios de cemento, tras el humo ácido de los Trabant y los frecuentes apagones, tras las largas colas y las surrealistas decisiones del Politburó, descubrí una ciudad viva y llena de matices, con una actividad humana a veces invisible pero latente y en silenciosa ebullición. Berlín era la carencia y la posibilidad, el alambre y la conversación, la bota y el carmín.
Y aquella noche Berlín era, sobre todas las cosas, ella. Habíamos ido unos cuantos amigos al U-Boot, en la Hochbauer Strasse, un antro nocturno medio clandestino con poca luz, música en directo de grupos locales y demasiado vodka. Demasiado de todo, en realidad. En aquellos oasis ocultos redimíamos los pecados de una sociedad de ropa usada y olores agrios, atascada consigo misma y con una patológica falta de oxígeno. Llenábamos esos garitos de conversaciones y alcohol, música punk en inglés, arte espontáneo y delirios hormonales. Allí nos juntábamos profesores, estudiantes, escritores, periodistas, editores, ingenieros, médicos, obreros, y lubricábamos con vino amargo y ginebra nuestros anhelos y esperanzas frustradas.
Aquella noche Otto trajo a un grupo de amigos de la facultad. Una chica emergió de las entrañas del local, se acercó a pedirme fuego, y gracias al cielo en aquella época yo fumaba. Le ofrecí cerillas y le invité a algo. Aceptó. No sé cómo empezamos a hablar sobre el cuarenta aniversario de la DDR y la cómica decisión gubernamental de prohibir la exhibición de cualquier flor que no fuese roja o amarilla en balcones y jardines. Posteriormente la conversación derivó en un encendido debate sobre las tendencias musicales del momento, evolucionó hacia conceptos cada vez más oblicuos y difusos, las frases se fueron haciendo más pastosas a medida que avanzaba la noche y vaciábamos vasos. Ella estudiaba Bellas Artes en la Badenau Fachhochschule y era hija de padre polaco y madre alemana. Había vivido en Leipzig y Dresden, y se trasladó a Berlin cuando la fábrica donde trabajaba su padre cerró y le reubicaron en el complejo fabril de Postdam. Ella trabajaba a media jornada en la biblioteca social del sector de Pankow, al norte de Lichtenberg.
La noche se hizo sólida, el humo nos rodeaba y ya no sentíamos a nadie alrededor. La música y la conversación y el alcohol lo llenaban todo, yo me fijaba en sus ojos y me sumergía en ellos y terminaba desapareciendo en sus pupilas. Sentía el volumen de sus pechos cerca de mis brazos, sus labios bailaban cuando ella reía y también cuando se quedaba como callada con una media sonrisa. Fuimos a mi casa. Seguimos hablando y tocándonos y besándonos transportados por una lengua etílica y húmeda. Hicimos el amor. Follamos. Hablamos. Bebimos. Fumamos. Hablamos. Follamos otra vez. La noche no acababa nunca. Ella era la noche, hermosa e infinita.
Cuando desperté, por la mañana, ella no estaba. Me había dejado una nota: "Nos vemos esta tarde frente al control de la Bornholmerstrasse. Si quieres". Claro que quería. La boca todavía me sabía a ella. El cuerpo me olía a ella. Quería volver a verla, saber más de ella, volverme a emborrachar con ella.
Me metí un libro en el bolsillo de la chaqueta y estuve deambulando por la ciudad sin más intención que olvidar el paso lento de las horas, y esperar que se echase la tarde para acudir al lugar que ella había sugerido. Tomé un par de cafés, compré tabaco. Llegué pronto a la estación junto al control, me senté en un bordillo y leí un rato. De vez en cuando me encendía un cigarrillo, y miraba alrededor buscándola. Poco a poco el lugar se fue llenando de gente. Primero despacio, luego a grupos cada vez más numerosos. Se empezaron a agolpar primero decenas y luego cientos de personas frente al control custodiado por un par de patrullas de la Grenzepolizei. Tuve que levantarme y apoyarme en una columna de la estación para tener una buena perspectiva de la situación. No sabía qué estaba pasando, no entendía a qué se debía aquella muchedumbre. Siguió acudiendo gente, aquello era ya una aglomeración. De repente ocurrió algo, observé movimiento entre las patrullas que custodiaban el control. Uno de ellos dio una orden, y la barrera se abrió. En ese momento la gente empezó a cruzar al otro lado y, con la respiración contenida, la mirada perdida en la multitud que se empujaba para abrirse paso, comprendí que no la iba a volver a ver.

Ja dijo
We can be heroes, just for one day!
Me apasiona esa canción, la caída del muro y Berlín.
y este relato es magnífico, señor G.
13 Noviembre 2009 | 12:31