Tarde. Radio de fondo. Escucho que Santiago Carrillo cumple hoy 95 años. Y pienso, ¿cómo juzgará la historia nuestros posicionamientos políticos? La historia a largo plazo, me refiero. Entendiendo como largo plazo el tiempo suficiente para llegar a un punto futuro en el que el sistema se colapse o se alcance el punto de no retorno. Dejando de lado las posturas más abiertamente reaccionarias y retrógradas, parece claro que la mayoría de las tendencias políticas actuales buscan, a su manera, mejorar la situación del ser humano, poniendo mayor énfasis en una u otra faceta (económica, política, social, etc) o dentro de un ámbito geográfico más o menos extenso (región, nación, estado, supra-nación, etc). Lo que realmente distingue a las diferentes corrientes políticas _estén cristalizadas o no en una estructura u organización política definida y concreta_ no es la magnitud del cambio que promulgan, pues en última instancia cualquier pequeña transformación puede devenir con el tiempo en una gran metamorfosis. Lo que define propiamente a cada ideal político es el parámetro temporal, el ritmo. Lo que yo llamaría la prisa o la urgencia. Cada teoría política busca transformar el mundo con una urgencia específica. Así, los ideales más extremistas luchan por cambiar el mundo de forma inmediata, mientras que las concepciones más moderadas conciben el necesario cambio a un ritmo más pausado, aun cuando las transformaciones sociales que promulguen sean tan profundas como las de las más expeditivas revoluciones.
La historia moderna parece mostrarnos demasiadas catástrofes y desgracias asociadas a movimientos y políticas extremistas, crisis revolucionarias en uno u otro sentido. Las tesis moderadas se han ido afianzando y han ido ganando terreno, demostrando la capacidad de producir sociedades con altos grados de democracia y desarrollo económico en diferentes latitudes. El término medio, la contemporización, la diplomacia argumental parecen recetas eficaces para evitar cualquier fanatismo y para garantizar la estabilidad y el progreso.
Sin embargo, paradójicamente todo esto ha venido decantando en una sociedad global en la que las cifras de miseria y desigualdad cada vez son más estremecedoras y presentan un crecimiento continuado para el que no se atisba fin. Un mundo en el que el ecosistema _y con él los recursos naturales necesarios para el funcionamiento del propio sistema_ cada vez está más irreversiblemente amenazado. Un mundo con desequilibrios económicos, sociales, políticos, étnicos y religiosos capaces de mantener perennemente encendidos profundos conflictos cuya solución parece no llegar nunca, y con decenas de nuevos conflictos estallando cada día.
Ante este panorama, ¿es el moderantismo imperante capaz de proponer soluciones válidas y eficaces? ¿Realmente nos creemos los sistemas políticos que defendemos y presentamos como solución, o simplemente es una forma de mantener limpias nuestras conciencias? ¿Cómo de urgentes deben ser las soluciones (y su aplicación) que imaginemos? ¿Cómo de inocentes o culpables somos de la desgracia y el sufrimiento humano que acontecen mientras las soluciones políticas que imaginamos y proponemos son temporalmente deficitarias e ineficaces? ¿Es justificable intentar "arreglar el mundo" con propuestas de solución de aplicación tan lenta que, a pesar de apuntar hacia futuros prometedores y estables, se lleven por el camino tiempo y millones de vidas humanas cuyo tiempo se agota a cada segundo que pasa?
La actitud política moderada trata de evitar extremismos y buscar soluciones estables y pacíficas, pero el mundo actualmente está tan violentado y tan en número rojos, que a veces me pregunto: ¿no está esta actitud política moderada tan manchada de sangre por inacción como los extremismos por acción?

Qué bueno, Relente... Qué interesante; sobretodo qué interesante. La verdad es que no estaría mal juntarnos un día y en un café perdernos en el mundo del logos: dulce palabra amarga...
Un abrazo,
allá donde ahora estés!