Pido encarecidamente que no pase este momento. Que se detenga el tiempo, que se conserve el instante detenido, que se congele el aire a mi alrededor y me impida moverme. El sol es nuevo, de una mañana sin nubes ni miedos. Un cielo limpio y frío, un chorro de luz a través del cristal que rebota y se expande. Y en el fondo una especie de Chopin hace de las suyas, como una caricia en el pelo y en las yemas de los dedos. Me esparzo en una masa adormilada, me derrito en un bostezo. El paladar y la lengua impregnados de café. La mañana se detiene en este instante, el piano hace una filigrana, surgen las ideas y los conceptos a veces claros a veces difusos, una ontología propia y personal, que surge en el mismo centro del cerebro y brota en ondas concéntricas hacia todos lados. De forma que a mi alrededor sólo veo lo que soy o lo que quiero ser y por eso intento ser todas las cosas para que no se me escape nada a la observación y al entendimiento, y no tener rincones oscuros que no alcance a comprender. Y emana y fluye la esencia, que es y existe y a la vez no es ni existe ni es nada salvo conjetura y voluntad, ánimo y transición. Pienso en el arte y de inmediato tengo fe en él, quiero al instante mi redención, mi eternidad. Quiero mostrarme tal como soy pero no me da tiempo porque las capas son muchas y se superponen y hay tantos matices y tantas texturas que si me paro a describirlas me salgo del cuadro y pierdo la perspectiva. Cómo juzgar y definir permaneciendo en lo juzgado, sin hacer un paréntesis que me prive de la experiencia y el disfrute del momento de observar y juzgar. ¿Seremos capaces de entenderlo todo? No podremos verlo todo, sólo alcanzaremos a ver una minúscula parte, un reducto residual al que llamaremos vida y con el que nos tendremos que conformar si no queremos caer en la desesperación y la angustia. Porque es angustia todo lo que existe más allá del afecto. El afecto es lo que nos salva porque más allá de él no hay nada salvo una esfera metálica opaca contra la que rebotamos y que nos desorienta y nos descarrila. Así que empiezo cultivando el compromiso por el afecto, la empatía por el momento, lo actual e instantáneo que llamo realidad y que en esencia no es nada porque es inasible. Si lo intentas definir, ya se te ha escapado. Y ahora decido escapar y verlo todo desde fuera del ahora y el aquí, mirar desde una perspectiva atemporal y absurda, que se expresa en el sol de esta azotea, el piano de esa especie de Chaikovski y el ruido de la máquina de café.